Si viviéramos mil años… no sentiríamos que la vida dura un instante y tendríamos tiempo para hacer todo lo que quisiéramos antes de que cayera toda la arena del reloj. Suponiendo una misma estructura vital diez veces más larga, supondría multiplicar por diez todas y cada una de
las experiencias por las que pasamos. Tendríamos 130 años de infancia, una adolescencia de 60 años, una juventud peterpanesca de 150 o incluso 200 años y viajaríamos diez veces más.
Pero también tendríamos que cotizar 350 años para cobrar la pensión completa, transitar por
una vejez de 300 años y limpiar diez veces más la taza del wáter. Con nuestra manera de sentir actual, necesitada de estímulos constantes, el aburrimiento sería nuestra compañía durante
siglos, porque tener más tiempo no significa tener necesariamente más oportunidades o dinero para hacer lo que ahora no podemos. Alargar nuestra existencia supondría un gran
cambio radical… la necesidad de aplicar un control extremo de natalidad. Si tuviéramos hijos cada 35 años sin fallecimientos, la población mundial se dispararía como burbuja de baño en agua caliente. Menos hijos supondría tener menos jóvenes en una sociedad envejecida dirigida
por los mismos durante cientos de años. Con la edad tendemos a ser más conservadores, aferrándonos a lo conocido asociándolo a lo correcto. Son las nuevas generaciones quienes
cuestionan lo establecido y más cambios promueven. Los procesos de cambio serían diez veces
más lentos frenados por quienes aún defenderían el papiro en lugar de papel. El poder estaría en manos de las mismas personas durante mucho más tiempo, consolidando dictaduras de facto alrededor de lo que siempre ha sido y debe ser. Sería una sociedad más lenta y pesada,
quizás más calmada, que sentiría la necesidad de buscar un propósito personal durante una
larga existencia. Cambiaría nuestra percepción del tiempo y se redimensionaría nuestra
pulsión a intentar aprovecharlo. No nos reconoceríamos. Seríamos otros. ¿Mejores? ¿Con una mayor sensación de sentido vital? Es como preguntarse si es más feliz una tortuga gigante que
vive más de cien años o un perro que vive quince. Seríamos otros. No seríamos quienes somos
ahora.
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