¡Deja de compararte!, me dice un amigo. ¿Cómo? ¡Sin referente con el que evaluar estamos ciegos! ¿Cómo vamos a saber si somos altos o bajos sin otro tipo al lado? Tenemos el dato, la estatura, pero no el adjetivo, alto o bajo. El importe de la nómina es una información sólida, pero si fuera el único sueldo del mundo no sabríamos si es un pastizal o una miseria. Los adjetivos empiezan a difuminarse cuando a la semántica le prohíben usar oraciones
comparativas. ¡Qué verde era mi valle! Habría que verlo, lo mismo era un secarral comparado con una selva amazónica. Como niños tuertos caminaríamos por un mundo sin los dos grandes dictadores de nuestra existencia: la media, también conocida como “lo normal”, y lo admirable. Todo lo que se sale de la media se mira con recelo a menos que sea admirable. Lo normal es el salvavidas de referencia para juzgar y quedarnos tranquilos. Ser como todos te permite ser una pieza bien encajada en el puzle. Curiosamente, la definición de lo normal cambia, así que una misma pieza puede ser normal o anormal según donde caiga, en el espacio o en el tiempo. Un blanco en Europa, normal, en Senegal, anormal. Una mujer votando en el siglo XXI, normal, en el siglo XIX, anormal. La totémica normalidad no es de fiar. Está grabada en arena pero pesa como si lo estuviera en piedra. La anormalidad solo se salva si es admirable, si está de moda, si es atractiva, escasa y aspiracional. O sea que la anormalidad tiene que saber venderse para colársela a la dictadora norma, y los ricos y poderosos son los que mejor la manipulan. Porque los no ricos viven deseando serlo o aparentarlo. ¡Y nos la cuelan! Ahí están los pijamas de calle de los cantantes urbanos. Si pudiéramos liberarnos de la comparación externa, solo nos quedaría compararnos con nosotros mismos, con cómo estábamos, nos veíamos, o nos sentíamos antes respecto a ahora. Tu trabajo actual será bueno si es mejor que el anterior o tesentirás tranquilo si has conseguido superar una etapa de ansiedad. Seríamos nuestra medida, nuestro metro, nuestro kilogramo. Mola, ¿eh? Nos convertiríamos en la principal medida de bienestar y es, precisamente, de la que nos solemos olvidar. No sé… creo que esta columna no me ha quedado TAN BIEN como otras.