¡Más corto, por favor! Que el video sea más breve, el libro tenga menos hojas y la temporada menos capítulos. No tenemos paciencia ni capacidad de atención para mantenernos pegados a contenidos que pretenden robarnos un tiempo precioso y escaso. Vivimos una época paradójica en la que la producción creativa se ha disparado, por el abaratamiento de los medios, la democratización de la distribución y el mayor desarrollo de las inquietudes personales, y no así nuestra capacidad para disfrutar de semejante avalancha. Se publican unos 6000 libros al día en el mundo y se lanzan unas 100.000 canciones nuevas, pero el tiempo de que dispone el ser humano para su consumo no es mayor que antes. ¿Cómo puede el mercado vender más a unos clientes que no pueden absorber más producto? Reduciendo el tiempo para consumirlo, haciendo la galleta más pequeña para que el estómago coma lo mismo pero troceado. En el tiempo que antes escuchabas “We are the world” ahora puedes zamparte tres temazos de nuevo cuño, o cuatro. Allá donde antes leías “Los pilares de la tierra” ahora te metes entre pecho y espalda tres thrillers nórdicos. La maquinaria se garantiza así vender más por el mismo tiempo de consumo. ¡Todos contentos! ¿O no? El afán por no perdernos nada nos está llevando a visionados a velocidad acelerada, a tener dos pantallas funcionando a la vez, una con cada ojo, y a leer en diagonal los párrafos en los que se describen jardines y plazas cuando no hay un cadáver entre los sicomoros. Seguir esta tendencia nos llevaría a novelas de 50 páginas, temas de 30 segundos, microseries y ansiolíticos en una rueda de consumo donde el contenido no tendrá ocasión de dejar una huella mayor en nosotros que el ruido del instante. Curiosamente, en medio del mosaico de lo
breve triunfan los podcasts, osados contenidos extensos que se consumen como compañía de cocina, paseos y sueño. La capacidad de atender y dejarse acompañar está ahí, no se ha ido, porque nos gusta el calor de lo que permanece… tanto como la emoción de lo nuevo.