¿Saludar o no saludar? Un acto aparentemente sencillo que puede convertirse en todo un dilema moral y una declaración de intenciones por su presencia o ausencia. Tanto es así que puede terminar saludándote la desconocida de los lunes que pide en la calle y jamás haberte levantado la mirada el vecino de al lado desde que te mudaste veinte años atrás. Casos reales. Y es que el saludo tiene lenguaje propio como los abanicos. Desde la simple muestra de reconocimiento del otro, un sé quién eres y tú quién soy yo, que se solventa con un simple gesto mudo como un levantamiento de cejas o ligero movimiento de cabeza. Pasando por mostrar una respuesta positiva al encuentro con una sonrisa, un levantamiento de mano o un rápido “Epa”. Hasta llegar al saludo que deriva en afortunado encuentro, que sustituye el “hasta luego” por un “hola” y obliga a parar a las partes para intercambiar una breve puesta al día. Expuesta la norma llegan las excepciones. Una ley no escrita nos impulsa a saludar a cualquier desconocido que nos cruzamos en un ambiente de relativa intimidad como las escaleras de casa, el edificio de tu trabajo o las salitas de espera de tamaño reducido. Sí señor, saludamos a desconocidos. Nos reconocemos la mutua existencia en un espacio compartido. Y no saludamos a quienes conocemos bien pero queremos mostrar nuestro mayor desdén. Y viceversa. Seguro que nos sobran razones para petrificar el rostro. Luego llegan las zonas grises… personas que reconoces pero con las que no tienes ningún vínculo real presente. Amigos de amigos de amigos, excompañeros de trabajo del pleistoceno que se sentaban dos mesas atrás, antiguos compañeros de clase con los que jamás hablaste pero reconoces, desconocidos que cogen tu mismo autobús y a los que ves encanecer y cómo crecen sus hijos, parroquianos de tu cafetería, dependientes con los que has interactuado decenas de veces… ¿saludar o no? Podemos generar un incómodo hábito para el otro o pecar de maleducados. Pasados los primeros tanteos, el equilibrio se alcanza en el menor denominador común. A los teatreros del falso despiste se les invita a unas clases urgentes de improvisación para lubricar la convivencia. Nuestros saludos hablan de nosotros, son una primera ventana a nuestro interior. Miopías aparte, qué menos que devolver un saludo cuando te saludan. No hacerlo pavimenta un largo camino de innecesaria incomodidad. ¡Hasta luego!
sábado, junio 06, 2026
miércoles, junio 03, 2026
He tocado fondo
Video: He tocado fondo
“He tocado fondo”. Nadie desea para sí mismo ni para los demás caer en una espiral emocional descendente que te desmonta como persona. Hundirse no mola, que se lo digan al Titanic, sobre todo si se traduce en un bloqueo personal donde nada tiene sentido y ha desaparecido todo interés y deseo. Pero también es una oportunidad. Descender hasta el punto en el que nada te importa y el nihilismo más extremo duerme contigo, contiene un extraño regalo: el poder de relativizar. Cuando te ha dejado de importar lo que piensan los demás, salir hecho un cuadro a la calle y el silencio al apagar la luz, te vuelves poderoso sin saberlo. Acabas de comprar un billete hacia una vida más libre. Has roto con todo aquello que tanto te importaba hasta llegar al punto de que puedes vivir sin ello. “¡Eh, no te olvides que aquí abajo me siento fatal!”. Y te seguirás sintiendo mal hasta el día que te canses de sentirte mal. Porque somos así, de todo nos acabamos cansando, también de lo malo. El quid de la cuestión está en identificar qué sí te importa. Lo que sea, desde comerte una pizza, bañarte en el mar o la compañía de otro cuerpo junto al tuyo en el sofá. La caída ha ejercido de filtro, ha simplificado y evidenciado qué sí y qué no. Y a partir de ahí te guías por lo que te mueve e ignoras lo que ya no te sirve. Te has deconstruido a tu pesar, para construir otra manera de estar que te aporte un mayor bienestar. Se reduce el miedo a perder porque ya has perdido mucho y redescubres el valor de todo lo que te hace sentir bien. No sale gratis, claro, se paga el precio del desencanto y la pérdida de inocencia. No vuelves a ser quien eras. Cambia tu escala de valores, como el tablero de salidas de un aeropuerto, evolucionas, maduras que también lo llaman así, para despegar a los siguientes destinos que te esperan.
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