sábado, mayo 16, 2026

Qué mayor le he visto

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¡Qué mayor le he visto! Reconócelo, todos tenemos esa clase de pensamientos. Está más gordo, más flaca, ya no es lo que era. Aquello que vemos es la primera información que llega a nuestro cerebro para interpretar lo que tenemos delante. Estamos diseñados para registrar cualquier cambio en nuestro entorno y así reaccionar a cualquier tipo de alerta. Esa habilidad tan útil para esquivar un patinete descontrolado y parar en un semáforo en rojo, también analiza y valora el aspecto exterior de lo que nos rodea… casas, coches y personas. La vista nos condena a prejuzgar en base al aspecto de lo que vemos. ¡Los ojos son nuestros enemigos! Si no pudiéramos ver, no prejuzgaríamos. ¿Seguro? En un mundo de invidentes sería la voz quien determinaría la belleza del otro, cuántos enamoramientos ha habido de voces de radio. La discriminación estaría dirigida hacia las voces más ásperas e incómodas de escuchar. Y si no tuviéramos oídos, sería el olfato quien definiría el atractivo. Mejor no sigo o terminaríamos  siendo amebas. Los sentidos son los periféricos que nos traen toda la información, y cuanta más, mejor. Interpretar los datos es cosa nuestra. La belleza y la juventud siempre van a generar atracción porque es su razón de ser biológica, atraer para perpetuar la especie durante la etapa reproductiva. Percibir su desaparición progresiva es inevitable, pero juzgarla como un defecto es reducirnos solo a lo que el ojo puede ver. Sería como preferir la fachada de cartón de un precioso restaurante en los Studios Pinewood en lugar del bar de menú del día de tu barrio. Ya me dirás dónde consigues llenar mejor el estómago. ¡Es imposible abstraerse de lo que ven nuestros ojos! Ni falta que hace, basta con dimensionar el valor de esa información. Escuché ayer a una mujer decir: “A Rihanna le falla algo, creo que tiene la cabeza muy grande”. Estar en la cima del modelo a seguir promovido por el mercado no te libra del juicio ajeno. Ninguno escapamos. Precisamente por eso, cada vez que sentimos juzgadas injustamente nuestras propias decisiones, emociones o aspecto, deberíamos apuntalar nuestro respeto hacia las de los demás.

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