- ¿Qué tal?
- Bien ¿o quieres saber la verdad?
¿Qué tal? es una de las fórmulas más tramposas de la conversación superficial. Se trata de una
pregunta de cortesía con la que solo se pretende saludar sustituyendo a los habituales: ¡Hola! ¡Cuánto tiempo! ¡Buenos días! o ¡Vaya día ha salido hoy! que son mucho más eficaces en su función de saludo intrascendente, cuyo valor está más en el acto y el tono, que el contenido.
Sin embargo hay quien no se conforma con anunciar su presencia con unas palabras neutras
sino que quiere ir más allá, quiere demostrar interés por la persona que tiene delante. Y en ese
momento la empatía social se materializa en un “¿qué tal?”. Y plantea al interpelado la gran duda… ¿quiere saberlo o no? Por defecto hay que interpretarlo de manera vacua. Se esperan
como respuesta fórmulas precocinadas como “muy bien”, “no me puedo quejar”, “ahí andamos” o “como siempre”. Permiten al osado saludador concluir el rito con un “ya me
alegro”. Y ahí acaba todo, como el intercambio de cua-cuas entre dos patos. Pero ¿y si realmente quieren saber la verdad de tu estado emocional? Puede tratarse de una ocasión
para conectar con el otro haciéndole partícipe de tu realidad y permitiéndole interesarse por ella. Una respuesta automática podría cerrar en los morros la puerta a una comunicación más honesta y sincera. Cualquier respuesta de la que se infiera que no te sientes iluminado por la
felicidad más absoluta obligará al otro a reaccionar, es ahí donde descubres si se ha
incomodado y busca pastos más cómodos, o aprovecha para interesarse por ti. Habrá
desasosiego o conexión. Cuánto dice de nosotros un simple “¿qué tal?”.