¡Ya te contaré! A falta de tiempo, ganas u oportunidad, apuntamos mentalmente contar más adelante, o callar, lo que ahora no es momento. El último giro laboral o desencuentro social pueden esperar tranquilamente a una mejor ocasión. Tanto da ahora que después, la información será la misma. ¿O no? Porque el momento influye en el valor y la carga emocional del mensaje. El valor. Un embarazo es noticia fresca hoy y vox populi mañana. Noticias de hoy que mañana no valen nada porque han sido superadas por las que vinieron después. Olvidamos lo que nos prometimos contar porque ha dejado de importar hasta para nosotros. Publicaciones abortadas que nos invitan a plantearnos la intrascendencia de lo que hacemos y decimos. Ese sobrepeso inútil que aplicamos a lo que mañana se habrá evaporado. El momento también define la carga emocional del mensaje. Compartir la angustia de un resultado médico que está por llegar o la emoción de unas vacaciones frescas en la memoria, cambia radicalmente cuando el suceso ha sido superado. El momento carga, o vacía de intensidad, aquello que se cuenta. Poca tensión narrativa tiene el desarrollo de un ligoteo cuando ya sabes cómo termina la cosa. Aplazar una historia la modifica. Y es ahí, en esa decisión de querer compartir las alegrías, preocupaciones y detalles domésticos donde se dibuja la confianza y complicidad. Hay a quien tiene sentido hacer partícipe del ahora mismo, y a quien basta con la crónica de teletipo de resumen de titulares. Vibrar en paralelo es compartir vida, lo demás, hemeroteca. Entre la retransmisión en directo de tu minuto a minuto y reducirte a los datos de una lápida se abre, para el compartir, todo un abanico de posibles frecuencias que definen las relaciones. Una caja de “Juegos reunidos” a elegir según los participantes. Con unos la ficha se comerá seis casillas, y con otros avanzará una por una. ¡Hagan juego señores!
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