Solo sé que me encantó. Esa película de la que no recuerdas el argumento pero sí la sensación que te dejó verla. No sabes si la fotografía era de óscar ni si el argumento tenía agujeros, solo estás seguro del buen rato que pasaste. Porque por encima de las razones técnico-artísticas para juzgar lo que has visto, está el impacto que ha tenido en tus emociones. Y la memoria emocional arraiga con más fuerza en nuestro cerebro que la otra, la de los datos y argumentos. Las emociones van directas a ese rincón del cerebro que de manera instintiva nos dice a qué acercarnos y de qué salir corriendo. Así, cualquier mala experiencia tiñe de negro nuestra relación con un alimento inocuo, como esas lentejas que no puedes ni ver, a pesar de que te flipan las alubias. O nos encanta un rincón, anodino a otros ojos, porque fue escenario de juegos y confidencias durante la infancia. Afinidad o espanto que no siempre podemos justificar porque hemos olvidado las razones que nos lo produjeron. ¡Así damos trabajo a los psicólogos! Ese bagaje emocional conforma nuestro instinto inexplicable, a veces certero, a veces resabiado, que busca protegernos y orientarnos más allá de las razones objetivas. Mecanismo que también opera con las personas, esos otros de los que, por encima de todo, sabemos cómo nos hacen sentir. La intensidad de las ganas que nos provocan solo se explica por la reacción que despiertan en nuestras emociones. Desde la adicción al rechazo pasando por la pereza más absoluta. Atraer es hacer sentir bien. Y es personal e intransferible, como el DNI, una huella dactilar que nos define y no encaja por igual en ningún otro. Olvidamos los datos, pero no las emociones.
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