¡Todo era mejor en mis tiempos! La música, la forma de divertirse y de conocer gente… no tiene comparación con cómo es ahora. Porque los tiempos de cada uno de nosotros, por lo
visto, terminan en un momento dado, quizás cuando se tienen hijos y una nueva generación se
apropia de esos escurridizos tiempos, o simplemente cuando se llega al cénit biológico y a
partir de ahí solo queda caer. Nacemos, abrimos los ojos y nos ponemos a explorar el mundo para intentar conocerlo y entender cómo es. Dibujamos mapas mentales de personas, lugares,
costumbres y culturas. Ese panorama se va llenando de piezas con cada nueva experiencia
hasta conseguir dibujar un plano lo suficientemente completo de cómo es el mundo. Nuestro mundo, el que nos ha tocado. Una visión en tres dimensiones que queremos que permanezca porque nos ha consumido un valioso tiempo construirla, y por si eso fuera poco, cada
descubrimiento ha ido dejando una huella emocional imborrable, la de las primeras veces, la de la juventud que despierta a la vida. Pero esa realidad cambia. Cierran negocios, mueren artistas y la tecnología trastoca los hábitos. Se destruyen aquellos nuestros tiempos, los buenos de verdad, y solo queda la nostalgia. ¡Frena! Nuestros tiempos son los años que vienen
definidos entre las dos fechas que enmarcan cualquier vida. Para sentir que todo tiempo en el que estás te pertenece, debes asumir que la realidad no es una foto fija sino una imagen en movimiento permanente. El mapa geopolítico que estudiaste fueron las fronteras de aquel año, hubo otras antes y habrá otras después. Aceptar la mutación y asumir que el ejercicio de
conocer el mundo jamás termina, te engancha a un tiempo que sigue siendo tuyo. Atraviesas generaciones y se te abren nuevas puertas a medida que otras se cierran. ¡A mí déjame, yo ya
he visto bastante! Apartar la mirada reduce las habitaciones que visitar hasta que solo quedan el sofá y la tele. El apego emocional hacia el pasado es compatible con seguir sintiendo,
distinto, por un cambiante presente que nos seguirá perteneciendo hasta nuestro día más corto.
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