miércoles, abril 29, 2026

Todos somos iguales

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Todos somos iguales. Eso es… mentira. Un beso, polígrafo. Es una sentencia aspiracional que si se toma al pie de la letra está completamente equivocada. Arrancamos con las diferencias que ya cuentan con bandera social propia como son sexo, raza, credo, identidad y orientación sexual. Si fueran las únicas, dos hombres caucásicos heterosexuales, tomados como paradigma de la normalidad, serían iguales. Y no es así. Uno puede ser alto y el otro cojo. El primero tener una belleza canónica y el otro tener una nariz muy grande. Uno casado con dos hijos y el otro soltero y yermo. Tal vez uno tenga una gran red familiar y el otro haya dejado a la familia en su ciudad de origen. Uno estudió una carrera mientras que el otro siguió el negocio de su abuelo. Y podríamos seguir definiendo más y más diferencias sociales, culturales y personales. ¡Eh, pero al menos son iguales por dentro! Va a resultar que eso tampoco. Uno puede tener diabetes y el otro ser celíaco, uno ser capaz de manejarse con los trámites online y el otro estar totalmente vendido. Todos y cada uno de nosotros somos diferentes a los demás. Entes únicos definidos por una multitud de parámetros que nos diferencian, incluso entre gemelos univitelinos. Identificar las diferencias, reconocerlas y darles el mejor acomodo es imprescindible para gestionar cualquier organismo complejo, se trate de un Estado, una familia o un equipo de trabajo. Reconocer lo que nos diferencia permite establecer los mecanismos necesarios para equilibrar los desajustes y conseguir que la igualdad sea de derechos, obligaciones, bienestar y oportunidades. Ahí es donde tenemos que ser iguales, y en todo lo demás, las diferencias nos hacen tan únicos que recorrernos entre nosotros se convierte en el viaje más apasionante e inagotable.

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