- ¡Mira, quién ha venido! ¡Qué alegría! Tenemos que montar una buena ya que está.
- Yo estoy siempre aquí y nunca propones nada.
- Ya, bueno, pero es que para una vez que viene él… y habrá que comprarle algo, mira qué detalle más chulo nos ha traído.
- La última vez que me regalaste algo fue cuando te dieron unas entradas que no querías.
- A ver, entre nosotros hay confianza, ya sabemos lo que hay…
- (Silencio)
La comida de cada día que otro cocina, el coche que siempre está listo para llevarte, la propuesta para disfrutar de un concierto, los mensajes contestados sin falta, las respuestas a esas dudas informáticas y esa felicitación escrita a mano que llega cada año como un reloj. Son
como el alcantarillado. Solo te acuerdas de ellos si un día dejan de estar. Porque los das por supuestos. Siempre están ahí, por debajo del suelo, haciendo su labor para que tu vida sea más
confortable. Tu atención la capta el neón de la novedad y el gesto inédito que, como cometa
de paso, parece brillar más que todas las estrellas que te acompañan cada noche. Toda
estructura necesita cuidados y mantenimiento. Con el tiempo, los grifos gotean y salen manchas de humedad. La decadencia es el final de cualquier edificio, pero a diferencia de
paredes y columnas, nosotros podemos movernos. Alejarnos de los inquilinos descuidados y
buscar otros nuevos dejando al raso a quien sigue mirando al cometa que se aleja hasta Dios
sabe cuándo.
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