“No necesitas más luz para hacer un huevo frito. Encender las luces del techo es un gasto
innecesario cuando la bombilla del extractor es suficiente para iluminar la sartén”. Vivir en
penumbra y ver la televisión a oscuras son los restos de la cultura del ahorro de posguerra.
Aquellos que se han pasado la vida echando cuentas para llegar a fin de mes no saben dejar de hacerlo cuando el dinero ha dejado de ser un problema. Son mayores, pero todo ahorro les
sigue pareciendo poco. Nunca se sabe qué nuevo gasto traerá su futuro menguante. No es
previsión, es hábito, es costumbre y falta de adaptación. Frente a quienes se empeñan en vivir
por encima de sus posibilidades están quienes se esfuerzan en vivir por debajo de ellas. Porque
les parece mal gastar. Gastar es sinónimo de irresponsabilidad, capricho y superficialidad. Gastar poco te hace mejor persona, piensan. Para ellos, poco y menos es siempre mejor. Una
cabezonería generacional que roba el disfrute personal y les aleja de quienes sí quieren
encender la luz.
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