miércoles, abril 22, 2026

Una pausa, por favor

Video: Una pausa, por favor

¡Una pausa, por favor! Pon la lavadora, apunta qué día acompañas a tu padre al hospital, recuerda que se te han acabado los klínex, contesta mensajes con interés y simpatía mientras te terminas el café, organiza mentalmente qué trabajo tienes que sacar adelante hoy mientras te duchas, más mensajes que contestar mientras cuelgas la toalla, apúntate qué día hay que aceptar la declaración de la renta, haz la cama viendo el polvo que ya toca quitar, suenan más notificaciones de mensajes, ¡ostras, hay que comprar un regalo para la semana que viene!, te fijas en que las zapatillas necesitan plantillas nuevas, anotas mentalmente apuntarlo físicamente cuando bajes las escaleras camino al tren que sale en cinco minutos. Obligaciones que forman la vajilla completa de platos que giran sobre palillos a punto de caer y romperse. Somos malabaristas que deben mantener la vida en movimiento perpetuo, y eso cuando todo va bien. Los vapores mentales de los asuntos por resolver ascienden hasta formar una nube que flota por encima de nuestras cabezas y se oscurece con cada mensaje del colegio y nueva obligación familiar. Necesitamos soplar esa nube y que vuelva a salir el sol ¡claro que sí! Para eso está el ocio, el tiempo libre... que hay que pensar, organizar, coordinar y comprar haciendo más gruesa la nube en lugar de mandarla a otras latitudes. ¿Dónde venden las pausas? ¡Amazon, ya no me sirves! Para dejar de pensar en algo, lo mejor es pensar en otra cosa. Focalizarse en algo que requiera tu atención eclipsa cualquier nube, sigue ahí, pero no la ves temporalmente. Meter historias en tu cabeza o realizar actividades que requieran manipular con destreza manos, cuerpo o mente abren un nuevo escritorio libre de asuntos pendientes. Y luego están ellas. Esas pausas que la vida te concede y en las que solo te exige que estés ahí. Un autobús que te lleva, una espera en salita, una actividad repetitiva, una conducción solitaria por carreteras conocidas… y dormir. La inacción mental como acción vital. Un bálsamo calmante para reparar las grietas del ruido.

sábado, abril 18, 2026

Todos los días parecen iguales

Video: Todos los días parecen iguales

Todos los días parecen iguales. Despertador, ducha, desayuno, trabajo y cuatro cosas más que se repiten de manera cíclica sin asomo de sorpresa. Una programación que convierte la vida en ese recorrido automático que hacemos sin saber cómo hemos llegado a destino. Días que se empastan unos con otros hasta parecer una única jornada eterna en la que es imposible distinguir cuándo pasó qué. Y es que la memoria funciona como una cámara de movimiento, solo registra las situaciones en las que algo altera la quietud. Los sucesos que rompen lo previsto despiertan nuestra atención como un mecanismo de alarma que recuerda que ante la novedad hay que estar alerta para saber cómo reaccionar. Las neuronas se despiertan, abren los ojos, y empiezan a registrar lo que está ocurriendo. Como un paraguas rojo en medio de un océano de grises. Lo inesperado rompe la rutina y genera suceso, la cámara comienza a grabar y empiezan a acumularse minutos de rodaje. Son las escenas que componen una vida. ¡Entonces, la rutina es el enemigo! ¡Cuidado! Sin repetición, una historia estaría construida por continuos flashes de novedad, sería una exposición estroboscópica que acabaría con cualquier capacidad de percepción consciente. La multiexposición, pa pa pa, reduciría la película a una molesta cinta centelleante. Suceso y rutina se necesitan porque no se puede escribir sin una hoja en blanco que haga de soporte. El índice de capítulos escritos será la línea temporal que construye cada historia. La tuya y la mía. Y es que sin narrativa no hay vida, solo existencia. 

miércoles, abril 15, 2026

Todo era mejor en mis tiempos

Video: Todo era mejor en mis tiempos

¡Todo era mejor en mis tiempos! La música, la forma de divertirse y de conocer gente… no tiene comparación con cómo es ahora. Porque los tiempos de cada uno de nosotros, por lo visto, terminan en un momento dado, quizás cuando se tienen hijos y una nueva generación se apropia de esos escurridizos tiempos, o simplemente cuando se llega al cénit biológico y a partir de ahí solo queda caer. Nacemos, abrimos los ojos y nos ponemos a explorar el mundo para intentar conocerlo y entender cómo es. Dibujamos mapas mentales de personas, lugares, costumbres y culturas. Ese panorama se va llenando de piezas con cada nueva experiencia hasta conseguir dibujar un plano lo suficientemente completo de cómo es el mundo. Nuestro mundo, el que nos ha tocado. Una visión en tres dimensiones que queremos que permanezca porque nos ha consumido un valioso tiempo construirla, y por si eso fuera poco, cada descubrimiento ha ido dejando una huella emocional imborrable, la de las primeras veces, la de la juventud que despierta a la vida. Pero esa realidad cambia. Cierran negocios, mueren artistas y la tecnología trastoca los hábitos. Se destruyen aquellos nuestros tiempos, los buenos de verdad, y solo queda la nostalgia. ¡Frena! Nuestros tiempos son los años que vienen definidos entre las dos fechas que enmarcan cualquier vida. Para sentir que todo tiempo en el que estás te pertenece, debes asumir que la realidad no es una foto fija sino una imagen en movimiento permanente. El mapa geopolítico que estudiaste fueron las fronteras de aquel año, hubo otras antes y habrá otras después. Aceptar la mutación y asumir que el ejercicio de conocer el mundo jamás termina, te engancha a un tiempo que sigue siendo tuyo. Atraviesas generaciones y se te abren nuevas puertas a medida que otras se cierran. ¡A mí déjame, yo ya he visto bastante! Apartar la mirada reduce las habitaciones que visitar hasta que solo quedan el sofá y la tele. El apego emocional hacia el pasado es compatible con seguir sintiendo, distinto, por un cambiante presente que nos seguirá perteneciendo hasta nuestro día más corto.

sábado, abril 11, 2026

Ponle un poco de fantasía

Video: Ponle un poco de fantasía

¡Ponle un poco de fantasía! Animamos a un amigo que recibía el alta hospitalaria a que organizara una salida en silla de ruedas con ramo de flores entre aplausos del personal. Le habían otorgado el reconocimiento de ser un caso de libro y es lo mínimo que se merecía. Al final, salió a pie, cargando una bolsa de plástico, lloviendo y solo. Pero las risas de la fantasía compartida suplantaron la realidad. ¡Estáis locos! Se puede fantasear sin dejar de pisar tierra, y de hecho, lo hacemos todos. Allá donde no hay una información veraz nuestra cabeza comienza a especular. La ficción rellena los huecos que la realidad deja sin completar. Visualizar una conversación incómoda antes de que suceda, imaginar una boda hasta el último detalle o adelantarse a cualquier resultado es fantasear. Y durante el tiempo que esa especulación está vigente es real para nosotros. Sentimos y decidimos en base a una ficción que no ha tenido lugar, sin querer, utilizamos el método estadístico de probabilidades dándole el poder de hechos consumados. Y no lo son. Pavimentamos con ficción el muro de la incompleta realidad. Un tejido donde los agujeros son cada vez mayores por la desinformación, pero que han existido desde que el hombre es hombre. Basta poner sobre la mesa que es imposible saber qué piensa y siente “el otro” aunque te lo diga. Las palabras son un constructo interesado, consciente o inconscientemente. Y ahí la fantasía elige la realidad que quiere creer. La subjetividad inclinará de manera engañosa nuestra ficción hacia el drama o la alegría en función del carácter de cada uno. Aprender a elegir la ficción que mejor te sienta te da el poder de ser el guionista de tu propia vida. Incluso cuando la película ha terminado y los hechos se imponen, cómo se cuenta lo ocurrido multiplica la realidad en un infinito abanico de versiones. El pasado es interpretable aunque ya haya ocurrido. ¡Menudos peliculeros! La expectativa, la esperanza y la imaginación construyen la realidad, y por tanto, la fantasía tiene el mismo poder que algo real.

miércoles, abril 08, 2026

¡Rompe las reglas!

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“¡Rompe las reglas!”, grita gente joven, guapa y exitosa desde la pantalla. “¡Qué manía de animar a romper las reglas!”, rebufa una amiga viendo uno de tantos anuncios que comercializan mensajes significativos reduciéndolos a eslóganes. Las reglas simplifican la vida porque te indican el camino a seguir sin tener que plantearte cuál es el mejor. Sigues las reglas, haces lo correcto y nadie podrá reprocharte nada. Puedes estar orgulloso de haber hecho lo que había que hacer. Y allá donde leyes y normas no regulan, siempre podrás hacer lo que otros te digan que hagas. Un cumplidor irreprochable que jamás pisará cárcel ni terminará durmiendo en el sofá. Todo el mundo debería hacer lo que le dicen, es lo más lógico. A menos que las reglas te perjudiquen, claro. Los primeros en quejarse son los damnificados por la norma. “¡Revolución!” Cabe preguntarse si es suficiente que una regla moleste a alguien para cambiarla. “¡Quiero poder hablar en la biblioteca! ¡Y yo poder irme del trabajo antes de que acabe mi turno!” Se podría liar una buena. Existe una línea que separa la molestia del cumplimiento de las obligaciones comunes del contrato social, de aquellas normas que suponen una discriminación, injusticia, perjuicio o desequilibrio de unos en favor de otros. “¡Pero si las leyes dicen que así son las cosas, así deben ser! ¡Anarquistas!”. La que se está liando. Afortunadamente, las normas sí se cuestionan, se debaten y se cambian guiadas por el objetivo de mejorar el bien común. Y si las negociaciones no alcanzan un acuerdo, el perjudicado puede tomar la decisión de romper las reglas. Arriesgándose a asumir las consecuencias, por supuesto. Porque los valores de cada individuo a menudo no coinciden con los del sistema en el que vive. Ya sea su pareja, su casa, su cultura o su gobierno. Lo que sí debería romperse es la pasividad analítica ante cualquier norma o discurso. Este incluido. 


viernes, abril 03, 2026

Tenéis que hablarlo

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Tenéis que hablarlo. Porque sí, explicar lo que piensas y necesitas es la manera más directa de ser comprendido. Ante cualquier problema a dos bandas podríamos recomendar a ciegas… ¡tenéis que hablarlo! Hablando se entiende la gente. Maravillosa verdad incompleta. Porque para que dos personas se entiendan hablando deben darse una serie de alineaciones planetarias. Ambas partes deben tener capacidad de expresarse con claridad, a menudo se tiene claro lo que se siente pero no lo que se quiere decir. Ahí el mejor ponente juega con ventaja. E igualmente deben ser capaces de escuchar lo que el otro dice y entenderlo aunque no se comparta. El más empático analizará mejor la situación y el más obstuso no añadirá color alguno al cuadro que traía de casa. La posición de poder también determina el peso de cada intervención, quien tiene la sartén por el mango interviene con la tranquilidad de que en caso de desacuerdo su decisión será la que se imponga. La otra parte es el acusado en el juicio que debe demostrar el valor de su punto de vista y convencer al otro, asumiendo el riesgo de que le caiga una condena mayor si despierta suspicacias en el señor juez. Uno no tiene nada que perder y el otro sí. No podemos dejar fuera de la ecuación el nivel de honestidad y transparencia. Quien más se expone, más cartas boca arriba coloca en la mesa, está desplegando una alfombra roja hacia el encuentro más real, arriesgándose a que su verdad sea utilizada en su contra. Sin embargo, aquel que no deja caer su escudo de razones para mostrarse a pecho descubierto, estará en mejor posición para clavar la lanza del triunfo personal y no la del éxito a dos bandas. Por encima de todo está la voluntad de querer entenderse, sentarse con la actitud real de escuchar, ceder y encontrar soluciones creativas. Y hablemos claro, hay personas con las que no se puede hablar. Y la mejor conversación con quien no se puede hablar es decirle… adiós.

Una pausa, por favor

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