¡Dime la verdad! Piénsalo bien, dices que quieres saberla pero no es cierto. No soportas la
verdad, y menos, tener que hacer algo al respecto. Solo te interesa la parte de la realidad que
te toca directamente, y convenientemente envuelta en buenas maneras y silencios. Cuando
alguien te ofrece su verdad, te asustas, sientes que te está reclamando la misma honestidad y rechazas a tu interlocutor por invasivo, incómodo, difícil. La verdad puede resquebrajar la cómoda burbuja en la que estás instalado y crees ser alguien. Solo quieres que tu
interpretación subjetiva sea confirmada como lo auténtico. Cualquier divergencia tiene una intención maliciosa y egoísta. La honestidad ha dejado de ser un camino directo al entendimiento. Decir la verdad ya no es suficiente para que te conozcan mejor, tienen que
querer conocerte, tienen que querer recoger todas las piezas, piezas de verdad y piezas de mentira, y encajarlas en el puzle que dibuja la fotografía en continuo movimiento que somos
cada uno de nosotros. Ya lo cantaba Bisbal… miénteme, castígame, enloquéceme…
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