“Te vas a quedar calvo”. Hace más de 25 años que me lo dijeron por primera vez. Uno de esos amigos bendecido con el don de la videncia que buscan compensar sus complejos augurandomales ajenos. Falló, de momento, como todo augur digno de programa propio de madrugada,
pero generó una inseguridad prescindible y gratuita donde antes no la había. El pelo, o afinando más, su ausencia cuando es requerido y su presencia allá donde no se le ha invitado, es una preocupación a la altura del pago de la hipoteca o la educación de los hijos. Nuestra salud no pasa por la calidad de la melena, pero sin ella es la autoestima la que se desmelena.
En breve, las revisiones médicas de rutina incluirán un índice de densidad capilar. ¡Mucho
ojito como aparezca el asterisco! El pelo forma parte de nuestra imagen, de cómo nos vemos y
ven, importa. Gracias a los peluqueros que nos hacen sentirnos guapos hoy y ridículos en las fotos veinte años después, faltaría más. Pero el pelo no es nuestro dios. Hay mucho corte ideal que dejamos de ver cuando abre la boca la cabeza que lo trasporta. Era idiota, pero qué pelazo tenía. En tiempos del “Homo capilaris” hay que decir que somos más que nuestro pelo, aunque
sea yendo a contrapelo.
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