“Me han dicho que no coma frutas ni verduras”. Me cuenta una amiga que es la nueva dieta que está llevando la más delgada de su grupo. Carnes, hidratos, grasas y azúcares ya habían pasado por la guillotina de las dietas mientras que las manzanas y tomates aplaudían salvadas al otro lado de la pasarela. Hasta hoy. Cuando ya no se podía quitar más, ha llegado la solución definitiva, dejar de comer. Porque todo alimento que entra por la boca es sospechoso de hacer en nuestro cuerpo algo que no queremos. Cada plato que nos ponen en la mesa es un campo de minas que conspira para agarrarse al michelín, inflamar y disparar los asteriscos de los análisis. La comida ya no sirve para vivir sino para sufrir. Es cierto, desterrémosla, dejemos de comer y de pasarlo mal. Se acabo cocinar, las neveras y las vitrocerámicas. Hay que dejar de comer porque comer enferma y mata. (No comer también). Vale ya, ¿no? Vivimos en una sociedad oral en la que la salud entra por la boca, controlar todo lo que pasa por ella se ha normalizado hasta sospechar de las más inocentes, las que tenían cara de peluche y acogíamos en nuestros tenedores sin miedo, las frutas y verduras. A la obligación de ser guapo ahora se suma la de estar perfectamente sano, y si no lo estás es culpa tuya, por supuesto, porque tenemos el control total de nuestro cuerpo ¿no?. ¡Qué bien! Ya tenemos una nueva herramienta de discriminación: “Fulana no va al gimnasio y bebe alcohol”. Se está cruzando la línea de promover una vida saludable a la salud como objetivo de vida. El placer ya no es satisfacer lo que te gusta sino conseguir reprimirlo en aras de la supuesta salubridad. Miedo me da pensar en el impacto psicólogico de semejante perversión. Que la salud mental importa, pero oye, no se ve en las fotos. No hay que olvidar que el estilo de vida es solo uno de los pilares de la salud, otros muchos son la genética, factores sociales y económicos o el sistema sanitario. La ficción del control total sobre nuestra salud es una gran mentira, si fuera así la gente “saludable” jamás enfermaría ni moriría. Cuando la desinformación ha llegado al extremo de enviar a Guantánamo a un plátano y una lechuga, conviene desaprender el ruido social que nos atonta. Porque hay que cuidarse para tener una buena calidad de vida, y disfrutar para que merezca la pena vivirla. ¿Sabéis qué más le dijeron a mi amiga? “Vas al gimnasio, pero no se te nota”.
martes, julio 07, 2026
domingo, julio 05, 2026
No saques la mierda del pasado
Video: No saques la mierda del pasado
“No saques la mierda del pasado”. A ninguno nos gusta sentir que alguien ha guardado durante mucho tiempo un malestar que le hemos provocado y del que no teníamos noticia hasta ahora. En ese momento habla un rencor larvado que nos enfrenta a descubrir una nueva cara de la persona que creíamos conocer. ¡Le han clonado los ladrones de ultracuerpos! ¿Y por qué no me lo dijiste antes?. Las razones por las que callamos lo que nos gustaría decir son infinitas pero todas tienen en común una falta de confianza y un miedo a enturbiar el vínculo. El silencio lubrica las relaciones y la impostura nos permite vivir en sociedad. Entonces ¿por qué ahora? Cabe preguntarse si toda crítica retrospectiva viene envuelta en un rencor que ha reventado. Hay una fina línea que separa la voluntad de señalar con el dedo exorcizando el veneno acumulado de la de querer hacerse entender. La diferencia está en un simple concepto: quererse bien o no. Quien quiere bien, busca poner las cartas sobre la mesa, hacerse entender, ir más allá del último capítulo que no explica toda la historia, para mostrarse e integrar los sentimientos más incómodos en la complejidad que supone toda relación de intimidad. Para poder hacerlo, hay que tener al otro lado de la mesa a alguien que quiere lo mismo que tú. Seguir construyendo y disfrutando la relación. Se trata de conversar para ver el dibujo completo. Rozar para encajar piezas y aceptar las más feas como parte de un puzle final que no se rompe. Un juego de toma y daca, ¡aquí no se libra nadie!, en el que ambas partes salen ganando, aunque terminen con un par de moratones en lo que daban por sentado. Cuando no hay emparejamiento de voluntades, la comunicación nace muerta, condenada al aborto de hablar solo de lo ajeno y lo cómodo. Y se cava una nueva tumba en el cementerio de las conversaciones que te hubiera gustado tener. La mierda puede ser la suciedad que lanzas a la cara o el abono con el que quieres fertilizar la tierra de una relación fértil. El número de cervezas que sois capaces de tomar juntos sin mirar el reloj marcará la diferencia.
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