¿Qué quieres? Montones de cosas. Un trabajo genial en el que trabaje poco y cobre mucho. Un casoplón con jardín y piscina. No, mejor dos. Uno en el centro de la ciudad y el de la piscina en algún sitio más tranquilo. Una pareja guapa e inteligente que me quiera y a quien querer. Dinero en el banco para no tener que pensar en él. Amigos con los que compartir intimidad y diversión, de esos que están dispuestos a todo, siempre de buen humor y que nunca te vienen con enfados ni reproches. ¿Qué más? Un físico envidiable, éxito profesional, buen gusto para vestir y cocinar, o mejor a alguien que lo haga por mí ¿Estás seguro de que todo eso es lo que realmente quieres o la programación que te dice qué tienes que desear? Porque igual lo tuyo no es vivir en pareja, ni estar pendiente de cómo invertir tus millones para pagar menos impuestos. A lo mejor lo que te gusta es el mar y no el cloro piscinero. Incluso puede que te produzca desapego tener una corte de palmeros y lo que quieres es un buen amigo al que importar de verdad, aunque a veces te diga cosas que preferirías no escuchar. Quién sabe si aborreces ese trabajo que tanto éxito te ha dado, empezaste porque tocaba y luego ya no supiste bajarte del tren. O estás cansado de tener que comprar ropa y como más cómodo te sientes es con la camiseta vieja que tiene agujeros en el dobladillo. Pero no dices nada. No haces nada porque parecería caprichoso no valorar lo que tienes. O quieres evitar la incomprensión del ojo ajeno. ¿Y si lo que quieres es inalcanzable? (Lo que nos pasa a todos, vaya) ¡Nos subimos al tren de la frustración permanente! ¡Venga, hay sitio para todos! Es el ferrocarril de los infinitos vagones. A menos que recalcules ruta para llegar a otro destino deseable. Porque no solo nos podemos bañar en la playa de moda, hay muchas más a lo largo de la costa ¿Realmente te has preguntado qué quieres? Descubrir qué te hace sentir bien, a quién quieres, qué te mueve y te divierte debería ser un ejercicio permanente como caminar una hora al día. Saber qué se quiere requiere escucharse, dejar que las sensaciones hablen por encima del pensamiento, y una vez atrapadas, mirarlas cara a cara, y decidir si te merece la pena cultivarlas o no. Y si un impulso te arrebata, agárrate a él como naúfrago a un salvavidas. Si algo te hace sentir bien y no hace daño a nadie, embotéllalo.
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