¡Todos somos carniceros! Cuando nos ponen una pieza delante elegimos el corte que nos
apetece comer ese día. Póngame kilo y cuarto de solomillo fiestero para el sábado noche, unas
buenas orejas que escuchen mis dramas el domingo tarde, mira a ver si te quedan en la
cámara unas manitas que me ayuden entre semana en el trabajo y un poco de falda que se
quede con los niños el jueves. Hacemos la compra de las partes de otros que mejor nos vienen
para el menú semanal, una compra perfecta con la que dejamos los callos, la lengua y el zancarrón para los que vengan detrás. Ese es nuestro ideal, quedarnos solo con lo mejor de los
demás, lo que nos viene bien y se acomoda a nuestras necesidades. En esta carnicería a la
carta muchos clientes quedan satisfechos. Cada trozo de carne encuentra su perfecto comensal. Pero el mercado rara vez deja los almacenes vacíos y los estómagos llenos al mismo
tiempo. Hay que comprar costilla queriendo solomillo para no pasar hambre o aceptar ofertas
de piezas más grandes porque las bandejitas se han agotado. Lo más difícil es conseguir que
alguien compre la bestia entera, con sus partes más nobles cubriendo hígado e intestinos.
Aceptando llevarse sabores y olores que no gustan a cambio de disfrutar de la carne más
delicada que se deshace en la boca. Y es que para que el solomillo esté tierno, un estómago ha
tenido que digerir la hierba, para que alguien interrumpa su vida y te coja el teléfono hoy, tiene que haberse divertido contigo ayer. Somos un todo que solo se entiende en su conjunto,
cada parte explica la otra. Aromas dulces y amargos que saborear, o dejar en el plato, pero sin levantarse de la mesa. Podemos, y debemos, compartir solo trozos, y atrevernos, cuando la bestia nos gusta, a comprar el animal entero. Despiezarlo puede ser muy entretenido.
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