“He encontrado un álbum de fotos en la basura, completo, antiguo y muy bonito. Alguien vació
el piso del muerto y se deshizo de sus cosas”, así me lo contó un amigo que trabaja en una
planta de reciclaje. Fotos hechas con ilusión, carretes revelados cuando aún no podías repetir
los gestos desafortunados ni borrar a las señoras que pasaban por delante. Imágenes colocadas con mimo en álbumes que costaban un dinero, y se guardaban como tesoros de la
memoria de una familia. Fotografías antes escasas y preciadas, ahora infinitas y olvidadas
veinticuatro horas después. Del océano de imágenes de una vida tan solo un puñado pasan a
ser las escenas icónicas que la definen en repisas, perfiles, recordatorios o la memoria de aquel instante. De todas ellas, con suerte alguna conservará la siguiente generación, sobre todo la colección en la que aparecen, despreciando los rostros que nadie recuerda ya y lamentando el espacio que requiere conservarlas. Un milagro son las que consiguen trascender una
generación más. El valor de una foto es íntimo, muere con las personas, salvo las que han
conseguido ser consideradas históricas o artísticas por rescatadores de la memoria. Afortunadamente, ahora los discos duros pueden borrarse sin generar desperdicio. ¿Hacemos
click?
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