“Mejor ponle un marco”. Si descuidas el marco estás condenando la percepción de lo enmarcado. Marco entendido con contexto de tiempo y espacio, ampliable a cualquier otra dimensión del multiverso. “Vamos a ver, una pintura es la misma con marco o sin él”. Cierto, la obra es la misma pero no se percibe igual colgando de una inmensa pared blanca en un museo que rodeada de figuritas de gatos en el salón de tu tía Puri. Un marco adecuado realza el valor del contenido, conmina al espectador a prestar atención y sentir que tiene delante algo que merece la pena. La predisposición a la hora de leer una novela no es la misma si viene encuadernada en canutillo que en rústica. Una es algo casero que aún no ha pasado el corte de una editorial y la otra es una obra tangible que luce portada y prólogo. Misma creación, diferente percepción. Lugares, calidades, materiales y luces, enmarcan. También el cuándo. La compleja emocionalidad humana tiene más picos y valles que el electrocardiograma de un
taquicárdico. La tranquilidad, el descanso, la actitud positiva nos permite apreciar lo más pequeño, mientras que el estrés, el cansancio y la negrura reducen a mínimos lo que estamos dispuestos a ver, escuchar y sentir. Un manjar se rechaza con el estómago lleno, y un mensaje absorbente se silencia cuando una preocupación secuestra tu energía. El envoltorio influye en el contenido hasta el punto de transmutarse en contenido en sí mismo. El mensaje paga el
pato de un mal marco. Cuidarlo mejora la transmisión y empatiza con el receptor. Una vez que la obra ha llegado a destino, el marco vuelve al lugar secundario que le corresponde dejando el protagonismo a lo que importa, al contenido. El fiel siervo da un paso atrás porque sabe ya ha cumplido con su misión, el mensaje vuela con la capacidad de sobrevivir a los más áridos marcos. Ya podemos disfrutar de la canción en un mal equipo de sonido. Ha trascendido. A todo esto, me llamo Marcos. Por comentar.
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