“Tengo entradas para dentro de un año”. Imposible saber si entonces seguirás con tu pareja, tendrás trabajo o incluso habrás muerto, pero tienes una gran certeza… ese día irás a un gran
evento. Eres incapaz de saber si el próximo sábado te apetecerá quedar y no hablemos de comprometerte a un fin de semana de casa rural el mes que viene, pero firmas con sangre tu
presencia a doce meses vista en un espectáculo que aún ni se ha ensayado. Como
compradores compulsivos de papel higiénico y bidones de agua tras un apagón, corremos al
teclado a la hora señalada de apertura de venta de entradas para no quedarnos sin una. El
espectador cabal que no quiere dejarse arrastrar por la marea solo tiene dos opciones:
renunciar o asumir que no habrá butacas cuando esté dispuesto a comprarlas. El miedo a
quedarse fuera empuja a sumarse a un terremoto de irracionalidad colectiva. El fenómeno beneficia a los promotores que disponen de tu dinero durante un año sin ofrecerte nada a cambio, beneficiándose de una financiación a coste cero que en caso de cancelación pueden
devolver dejando los intereses en su cuenta. No estamos dispuestos a pagar hoy por las hamburguesas que comeremos dentro de un año ni por el corte de pelo que nos haremos la
próxima primavera, pero apoquinamos sin dudar por un show a futuro. ¿Por qué? Porque ahora lo que importa es asistir al evento que es tendencia, no importa si el artista te gusta o conoces más canciones que el single que lo petó, es un “hay que ir”, “hay que estar y decir que
has estado”, ya te encargarás tú de convencerte de que te ha gustado. Ocio convertido en estrés al teclado, desembolso por adelantado y apuesta de futuro para contarnos y vender la súper agenda que tenemos. Gente, el sistema ha vuelto a jugar con nosotros.
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