“Mientras caen bombas hay quien se lo pasa bomba”, me comentan con pudor moral. La simultaneidad de sucesos terribles y banales en la misma pantalla cortocirtuita al espectador
que se siente como el vecino que escucha pedir auxilio al otro lado de la pared y lo ignora para seguir comiendo palomitas. Deberíamos parar las máquinas de purpurina y dedicar toda nuestra gasolina a ayudar a quien lo necesita. Cuando el problema esté resuelto podremos
volver a bailar y reír luciendo camiseta nueva. ¿Existe ese momento en el que todo vuelve a estar bien? A un vecino podemos ayudarlo, pero no es el único en situación de necesidad. Si pones las luces cortas verás mendigos en tu calle, desempleados y refugiados. Si enciendes las
largas… vulneraciones de derechos humanos, discriminación, dictaduras, pobreza, hambre y guerras. Ser consciente de las más crudas realidades puede llegar a desconectarte de los valores de un mundo acomodado, a sentirte estúpido preocupándote del color de un sofá cuando alguien no va a comer esta noche. Unos pocos han decidido hacer algo al respecto y
entregarse. En el otro extremo están las formas de vida más individualistas, aquellas personas
cuyos movimientos están dirigidos por una única premisa: satisfacer sus propias necesidades. Como bacterias, serpientes o aliens que están programados para sobrevivir y perpetuarse, primera línea de programación de una biología amoral. Solo que a estos últimos se los mira mal
por ser de otra especie y querer hincarnos el diente. Spoiler: Los otros también están deseándolo. ¿Entonces? La vida no se para, continúa pase lo que pase, porque después de un funeral hay que poner la lavadora. La vida no espera a
que llegue un buen momento o podría paralizarse y desaparecer. La vida necesita la alegría en medio de la tristeza, la banalidad en medio del drama, el juego, aún con el estómago vacío, para seguir apostando por vivir. La esperanza está en el egoísta que pensando en sentirse
mejor lo consigue preocupándose por los demás.
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