sábado, junio 06, 2026

¿Saludar o no saludar?

Video: ¿Saludar o no saludar?

¿Saludar o no saludar? Un acto aparentemente sencillo que puede convertirse en todo un dilema moral y una declaración de intenciones por su presencia o ausencia. Tanto es así que puede terminar saludándote la desconocida de los lunes que pide en la calle y jamás haberte levantado la mirada el vecino de al lado desde que te mudaste veinte años atrás. Casos reales. Y es que el saludo tiene lenguaje propio como los abanicos. Desde la simple muestra de reconocimiento del otro, un sé quién eres y tú quién soy yo, que se solventa con un simple gesto mudo como un levantamiento de cejas o ligero movimiento de cabeza. Pasando por mostrar una respuesta positiva al encuentro con una sonrisa, un levantamiento de mano o un rápido “Epa”. Hasta llegar al saludo que deriva en afortunado encuentro, que sustituye el “hasta luego” por un “hola” y obliga a parar a las partes para intercambiar una breve puesta al día. Expuesta la norma llegan las excepciones. Una ley no escrita nos impulsa a saludar a cualquier desconocido que nos cruzamos en un ambiente de relativa intimidad como las escaleras de casa, el edificio de tu trabajo o las salitas de espera de tamaño reducido. Sí señor, saludamos a desconocidos. Nos reconocemos la mutua existencia en un espacio compartido. Y no saludamos a quienes conocemos bien pero queremos mostrar nuestro mayor desdén. Y viceversa. Seguro que nos sobran razones para petrificar el rostro. Luego llegan las zonas grises… personas que reconoces pero con las que no tienes ningún vínculo real presente. Amigos de amigos de amigos, excompañeros de trabajo del pleistoceno que se sentaban dos mesas atrás, antiguos compañeros de clase con los que jamás hablaste pero reconoces, desconocidos que cogen tu mismo autobús y a los que ves encanecer y cómo crecen sus hijos, parroquianos de tu cafetería, dependientes con los que has interactuado decenas de veces… ¿saludar o no? Podemos generar un incómodo hábito para el otro o pecar de maleducados. Pasados los primeros tanteos, el equilibrio se alcanza en el menor denominador común. A los teatreros del falso despiste se les invita a unas clases urgentes de improvisación para lubricar  la convivencia. Nuestros saludos hablan de nosotros, son una primera ventana a nuestro  interior. Miopías aparte, qué menos que devolver un saludo cuando te saludan. No hacerlo pavimenta un largo camino de innecesaria incomodidad. ¡Hasta luego!

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