Un problema no existe hasta que alguien lo señala. Un grifo que gotea, una nevera vacía o una mancha en la camisa no son un problema hasta que alguien grita airado que el lavabo está siempre salpicado, que no hay nada para cenar o cómo vas a ir a trabajar con tomate en la
pechera. Nos acostumbramos a ignorar los desajustes que nos rodean como filtro necesario para convivir y no morir de un infarto con cada cuadro torcido, amigo que llega tarde o retraso
en el tren. Hay que dejarse fluir, ser tolerante y no estar a la que salta. Si no te quejas, los
problemas no existen. Qué más quiere la sociedad, tu familia, pareja y amigos que no
protestes por nada. Eres el sumiso perfecto que les hace la vida más fácil. Tu matrimonio en coma seguirá vivo mientras nadie certifique su defunción en voz alta. Tu compañero incompetente seguirá siendo el favorito del jefe mientras nadie ponga sobre la mesa sus
tropiezos. Brillarán móviles en el cine si nadie los afea. Faltará papel en el wáter si nadie pone
en evidencia a quien lo termina y no lo repone. Y es que señalar un problema te convierte a ti
en el problema. No hay mierda debajo de la alfombra si nadie la levanta. Dejar las cosas como
están es más fácil. No obliga a tomar medidas, lanzar mensajes incómodos ni arriesgarse a
empeorar una situación a la que ya estamos acostumbrados. Bastante tengo con lo mío.
Vivimos en un mundo tapizado con alfombras de doble fondo, tú eliges si pisas sobre la mierda o intentas que no se acumule arriesgándote a molestar por hacerlo.
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