La pantalla se encendió sola. Así, de repente, en medio de la oscuridad, cuando estaba con los ojos cerrados. Sentí el molesto brillo a través de los párpados, que aún fue mayor cuando tuve que abrirlos para intentar apagarla. Era la única pantalla que se había encendido sola de las más de cincuenta del autobús en el que viajaba. La apagué. Al cabo de unos minutos volvió a encenderse. Solo la mía. Una vez más. Los duendes de la tecnología no querían dejarme dormir. Pasó tres veces más hasta que se cansó de mí. Si esa misma pantalla que se enciende sola hubiera sido la de mi dormitorio, a solas en mitad de la noche, la superstición hubiera hecho temblar a la sensata desconfianza en la calidad tecnológica. El miedo es mayor a solas. Por eso nos gusta juntarnos, para espantar el miedo, para negarlo, o en el peor de los casos para compartirlo.
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